EL SABER DE LA VIDA… EL SABER DE LA MUERTE.

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En el saber de la vida y en el saber de la muerte, hay animales que mueren en la lucha; otros, se rinden ante enemigo más fuerte, pero ninguno como el hombre, que hace reverencia y se inclina ante lo que no entiende.

Dios, ¿y tú qué haces con tu mejor creación y diseño?

Los rodeas de temporales alegrías y belleza, y de atroz y permanente muerte; los rodeas de miseria, enfermedad , angustia y aún así, te hacen reverencia… ¿o te temen?

Recorren caminos difíciles de andar, trechos extenuantes; no miden las distancias; enfrentan peligros en su afán por llegar, ¿A dónde? No lo saben con certeza. Seguir en el camino es su instinto. Van alegres, con alegrías pasajeras; confían que los proteges, como niños que inocentes, se siente tomados de la mano amiga fuerte. La fatiga tiende a vencerlos, el hambre a detenerlos, el frío se congela en su devoción y si a la vuelta de un recodo o al doblar la esquina los sorprende desgracia mayor, dudan, desmayan, se desalientan, maldicen pero no te culpan; culpan a la mala suerte, su destino, tu voluntad, pero te exculpan con esa fe que no ve ni entiende nada, y por la cual reptan los falsos profetas que la explotan para su provecho. ¡¡Temor, miedo que pasa por fe!!

Así son las peregrinas aventuras de la vida; así es el peregrinar azaroso de la vida. Es así cómo con costumbres, tradiciones y miedos por acompañantes, por un lado, y la vida, con sus alegrías y fiestas pasajeras, por el otro, otorgan la razón de ser de la muerte con fijación en la vida, y la vida con fijación en la muerte.

En nuestros duelos, lloramos, no por nuestros muertos; lloramos por nosotros, por el desamparo emocional, afectivo o material en que quedamos; y tal vez, en muy discreta intimidad, disimulamos alegrías por no ser nosotros los fallecidos, sepultando al mismo tiempo, y en muy profunda conciencia, la certeza tristona de que más tarde o temprano, habremos de ser nosotros los muertos.

«Y ¿en dónde está la muerte,
que sin llamarla, sale a nuestro encuentro?
¿Y en dónde la vida,
que amándola, presurosa nos abandona?»

¿Acaso será cierto que en vida somos Dioses en embrión y en la muerte, Dioses, porque dejamos pasiones?

Vespaciano, sabía tomar con humor la cercanía de su muerte.

Él era un emperador romano. En plena campaña militar se sintió enfermo. Sabía que estaba a punto de morir, y conociendo que era costumbre en la vida pública y política romana (hasta nuestros días, por cierto), divinizar, elevar al nivel de Dioses a los emperadores muertos , exclamó (mostrando su buen humor):

“¡Ay de mí, creo que me estoy convirtiendo en un Dios.”

Sí, vivimos nuestros duelos pensando no en la muerte sino en la vida; y vivimos nuestras fiestas de vida, pensando no en la vida, sino en la muerte cuando la fiesta acabe (aunque esto sea inconscientemente).